Cómo convivir mejor en tiempos inciertos

Publicado el jueves 3, octubre 2019

Publicado en Revista Mensaje

No conocemos bien las transformaciones que se avecinan. Explorarlas es esencial para crear nuevas formas de cooperación, trabajo en equipo y de protección social en caso de tropiezo. La acción política y social debe apuntar a reducir las desigualdades, evitar la polarización, alentar el dialogo y la colaboración, y despertar un sentido de comunidad sustentado en un proyecto compartido.

Todos tenemos la aspiración de convivir mejor. Deseamos vivir en un país y en un mundo donde exista respeto mutuo, nos cuidemos unos a otros y nadie se sienta abandonado ni con temor, sino que, al contrario, la sociedad ofrezca oportunidades de avanzar en la vida, educarse, actuar con libertad, sin barreras discriminatorias, cuidarse y protegerse mutuamente.

Se puede convivir de distintas maneras. Una forma es simplemente compartir un mismo territorio, respetar ciertas normas, a la vez que habitar en ciudades segmentadas, separados unos de otros. La otra es convivir realmente, compartiendo una comunidad, solidarizándose ante las dificultades y apoyándose para progresar. Cuando hablo de convivir, pienso en esta segunda opción.

¿Cómo lograrlo en el Chile que viene? En la sociedad contemporánea, los progresos materiales y la educación han creado más seguridad y autonomía de cada persona, especialmente jóvenes, para desplegar su propia identidad. Se ha extendido la percepción de que cada uno puede labrarse un destino por su cuenta, sin recurrir a la sociedad o a un grupo de pertenencia, salvo a la familia. La incertidumbre también empuja a las personas a buscar sus propios arreglos. Sin embargo, si los valores humanistas siguen siendo válidos, la colaboración, el altruismo, la preocupación por los otros, el amor al prójimo han de conducir a una vida más plena y a una mayor satisfacción personal. Sustentados en esa convicción, entonces debemos esforzarnos por organizar de otro modo la sociedad y educar a los ciudadanos para infundir esos valores.

Cada uno puede aportar su grano de arena a esta gran misión, desde cualquiera posición en que se encuentre. Un político —es mi caso— puede contribuir a este proceso promoviendo cambios institucionales que faciliten mayor entendimiento, cooperación y acción colectiva. Para avanzar en ese propósito, la democracia debe ser fortalecida mediante una participación ciudadana activa y políticas de inclusión social.

Y también es preciso evaluar con objetividad lo realizado. Sin duda, hemos progresado. La mayoría de las chilenas y chilenos expresa una alta satisfacción personal, como lo revela uno de los más recientes estudios sobre la felicidad, que mide a 156 países durante el periodo 2016-2018, y ubica a Chile en el lugar 26, entre los mejores(1).

Las encuestas nacionales detectan lo mismo. Según la Tercera Encuesta de Calidad de Vida y Salud (Encavi) 2015-2016, un 67% de personas califican de buena o muy buena su calidad de vida.

Sin embargo, estas cifras contrastan con una realidad de marginación, discriminación e injusticia. Además, otras encuestas muestran que Chile es uno de los países con mayor nivel de desconfianza entre las personas y con las instituciones. Esas mismas mediciones resaltan una paradojal disociación: yo estoy bien, pero el país no está bien. ¿Cómo explicar esta divergencia? ¿Cómo puedo estar bien, si desconfío de otros y encuentro que mi país no está bien?

Convengamos, para lo que sigue, que a mayor confianza y equidad debería aumentar la calidad de nuestra convivencia y la satisfacción de vivir en comunidad; que la satisfacción personal depende de la calidad de las relaciones sociales y del nivel de vida de los demás; que la fraternidad, la colaboración y el afecto mutuo son esenciales para superar el individualismo y la soledad, y enriquecer la vida personal. Entonces, la acción política y social debe apuntar a reducir las desigualdades, evitar la polarización, alentar el dialogo y la colaboración, y despertar un sentido de comunidad sustentado en un proyecto compartido.

VALORES QUE INSPIRAN UNA MEJOR CONVIVENCIA

Mis ideas sobre cómo mejorar la convivencia fueron marcadas por lo que viví tras el golpe militar, durante la prisión y el exilio, y en las luchas por recuperar la libertad. Cuando la dictadura autorizó mi regreso, me preguntaba a diario cómo convivir con los que violaron los derechos humanos, asesinaron, torturaron, expulsaron, relegaron, reprimieron y sembraron odio. ¿Cómo habitar en el mismo país y caminar por las mismas calles, sin ánimo de venganza? ¿Cómo ayudar a restablecer relaciones civilizadas? En el Senado tuve sentado frente a un senador designado que había firmado un decreto para prohibir mi ingreso a Chile. Y, tiempo más tarde, en 1998, resistí la incorporación y presencia de Pinochet, instalado a diez metros de mi asiento. Entonces realizamos una potente protesta con fotos de los asesinados y gritándole asesino. Pero ¿cómo actuar para que nunca más suceda?

Entendí que nuestra responsabilidad política era efectuar reformas institucionales para afianzar la democracia, transformar el Poder Judicial, disipar el temor y provocar cambios culturales. La clave era —y es— crear instituciones capaces de garantizar los mismos derechos a todos, sancionar con firmeza a los que violan esos derechos. E inspirarse en un principio esencial: no hacer al otro lo que te hicieron a ti. El gran salto logrado por los chilenos en estos años ha sido asentar el respeto a los derechos humanos. Costó décadas bregar contra una minoría que buscaba justificarlos u olvidarlos. La dictadura intentó cambiar el alma nacional: pretendía que la mayoría se resignara ante la injusticia y aceptara la desigualdad social. Estas han sido dos pesadas herencias que, a pesar de los enormes logros, aun gravitan en nuestra convivencia. Y habrá que estar alerta, pues el riesgo está siempre latente y puede resurgir.

QUÉ HEMOS LOGRADO Y CUÁLES SON LOS NUEVOS DESAFÍOS

Nuestro país ha progresado mucho en democracia. Libertad y justicia se asentaron para afirmar el respeto a los derechos políticos. La erradicación de discursos de odio, de amenaza y temor, el cultivo de la diversidad, la no discriminación y la tolerancia han otorgado seguridad para hacer una vida más plena. La expansión del ingreso y del bienestar material, la notable reducción de la pobreza, el acceso los bienes públicos básicos educación, salud, vivienda e infraestructura, así lo atestiguan. Todos los indicadores han mejorado considerablemente.

Esos mismos avances han cambiado las relaciones sociales y el modo de ser. La conciencia de los derechos, las oportunidades y las expectativas son muy distintas, y han evolucionado a una velocidad inusitada. Con mayor autonomía económica y más educación (la masificación de la educación superior acrecienta esa transformación), cada persona se siente empoderada para construir su camino. Las tecnologías ofrecen nuevas opciones, todavía desconocidas. El horizonte parece despejado.

No conocemos bien las transformaciones que se avecinan. Explorarlas es esencial para crear nuevas formas de cooperación, trabajo en equipo y de protección social en caso de tropiezo. Una meta central es reducir la desigualdad, en todas las aristas. La de ingresos es apenas una parte, también es desigual el acceso al poder político y a las oportunidades económicas; hay desigualdad de trato por apellido, por comuna, por género y etnia, y también se discrimina a los inmigrantes. A muchas personas embarga una sensación de vulnerabilidad ante el riesgo de perder el empleo, la enfermedad, una ruptura familiar. Esa sensación despierta sentimientos de temor, rechazo y hasta resentimiento.

Además, la cultura dominante hace creer que se es pobre porque se tiene menos capacidad que el otro, y que el ascenso es por mérito, desconociendo las desventajas sociales en que se desenvuelve una mayoría y que explican gran parte de la rigidez social. Es necesario en consecuencia afianzar la cohesión y la colaboración para hacer fluida la movilidad social.

LAS TENDENCIAS DE FUTURO

El mundo que viene nos plantea nuevos retos distintos de los del pasado. Tres grandes desafíos influirán en nuestra convivencia futura: el cambio climático, el cambio tecnológico y el cambio demográfico.

El cambio medioambiental provocará una transformación social de magnitud enorme. Desastres naturales, inundaciones, sequías, aluviones, subida del nivel del mar, incendios, escasez de agua serán fenómenos de los cuales nadie podrá liberarse. La colaboración será inescapable. Nuestro país deberá financiar enormes inversiones para mejorar la calidad del aire, el transporte público, la electromovilidad, el reciclaje de agua y materiales, la protección de barrios vulnerables. El deterioro ambiental no podrá recaer solo en algunas «zonas de sacrificio» de los débiles, mientras se protege a los pudientes. Se deberá aplicar nuevos impuestos «verdes» y dotar de potentes incentivos para utilizar nuevas tecnologías. Tales transformaciones impondrán exigencias nuevas, se deberán crear instituciones y regulaciones, y ello requiere amplios acuerdos. Valdrá aquí el lema «E pluribus unum» (de muchos, uno; o unidos en la diversidad).

El veloz cambio tecnológico, en un mundo globalizado, tendrá un impacto potente en el empleo, afectando a los trabajadores de menor educación, que realizan labores rutinarias. La digitalización es una suerte de tsunami. Sin nuevos programas, ello provocará desocupación y desigualdad, favoreciendo a quienes disponen de recursos financieros y capacidades tecnológicas avanzadas. Con políticas contundentes de capacitación, innovación y protección social, la digitalización puede ser una oportunidad para crecer con equidad, cuidando que el llamado «dividendo digital» se distribuya entre todos.

El cambio demográfico es imparable. La sociedad envejecerá con rapidez.

Las bajas pensiones, la debilidad del sistema de salud pública, el alto costo de los medicamentos, golpearán a una proporción importante de la población adulta mayor y a sus familias. La convivencia se tensionaría, causando insatisfacción social y política. Una convivencia afectuosa supone abordar la situación de los chilenos y chilenas de más de 65 años.

La demografía también va de la mano con la urbanización. La segmentación en barrios desiguales, la depredación inmobiliaria, la pérdida de espacios públicos, unas comunas con dos metros cuadrados de parques por persona y otras con diez, son factores que deterioran la calidad de vida de unos y la convivencia entre todos.

Y, también, el mundo del futuro será uno de mayor movilidad y, por tanto, habrá mayor migración de unos países a otros, y dentro de un mismo país. La ciudad será el espacio de cultivo de las nuevas formas de convivencia.

Estos tres cambios: climático, tecnológico y demográfico exigen capacidad de anticipación, colaboración y solidaridad. ¿Seremos capaces de cambiar con celeridad tanto las políticas como nuestras actitudes para mejorar la convivencia?

NUEVAS INSTITUCIONES QUE REÚNAN Y UNAN

El grado de satisfacción personal depende del nivel de ingreso y también de la educación. Sin duda, esa satisfacción será más intensa si mejoran las relaciones interpersonales por la confianza y, por extensión, lo hacen las relaciones sociales. Las reformas a la actual institucionalidad política pueden dar impulso a la dimensión compartida de la vida social. El diálogo y la interacción ciudadana crea condiciones más propicias para la convivencia, y ella se puede extender con las tecnologías de comunicación y la educación digital. La descentralización y la distribución del poder a través de múltiples comunidades de tamaño más reducido acercan a los ciudadanos, los habilitan para resolver sus problemas de manera directa y los dotan de un sentido de pertenencia superior.

Mejorar la institucionalidad exige elevar la capacidad de diálogo social. Hoy es un bien que escasea. No existen instancias donde se verifique un diálogo regular del Estado con la sociedad civil, y entre las propias organizaciones sociales, trabajadores y empresarios. La cultura de dialogar, sin temor, es vital para superar conflictos y mejorar la convivencia. El diálogo y la descentralización contribuyen a afianzar una democracia que sea resiliente a los embates populistas y autoritarios.

También en Chile debemos instaurar instancias donde se reflexione amplia y ordenadamente el perfil de un proyecto nacional compartido. En una sociedad segmentada, compartir una visión y diseñar una estrategia común ayudan a unir. El mercado y el consumismo no compensan la ausencia de un sentido de pertenencia a una comunidad.

Participación, diálogo social y visión compartida son antídotos contra la polarización y la intransigencia, e incrementarían la confianza y el bienestar.

El debate de una Nueva Constitución es un camino que vale la pena recorrer para pensar un proyecto de sociedad compartido y mejorar la convivencia.

SOLIDARIDAD EN TIEMPOS DE CAMBIO TECNOLÓGICO ACELERADO

El ser humano puede utilizar las tecnologías para aumentar su libertad y su bienestar o, a la inversa, para incrementar el poder económico y el control político de una minoría. La robotización y la inteligencia artificial, sin regulación, acrecentarían la desigualdad y la marginación de amplios sectores de trabajadores y sus familias. Pero las nuevas tecnologías, debidamente reguladas, pueden ser la oportunidad para elevar el crecimiento económico, de manera sustentable, generando una distribución justa del «dividendo digital». Es imperioso impulsar desde ya un plan potente de capacitación digital y protección de los trabajadores vulnerables.

El acceso universal a internet, a los medios de comunicación y a las redes sociales debe entenderse como un derecho universal. Recibir información y difundirla es una condición para la inclusión social. Sin embargo, esa tecnología también sirve a quienes difunden información falsa y formulan relatos distorsionados que dañan la convivencia. ¿Cómo garantizar la veracidad e impedir la manipulación?

A futuro la sociedad será obligadamente menos individualista, si pretende encarar los desafíos futuros. Cuando se presume que la realización personal depende solo del esfuerzo individual, y que la sociedad y el quehacer colectivo cuentan poco, se debilita el sentido de pertenencia a una comunidad. Este rasgo se exacerba cuando la provisión (y calidad) de los bienes públicos está privatizada y depende principalmente del aporte individual: entonces la voluntad de contribuir al financiamiento de fondos solidarios se esfuma. Una mejor convivencia demanda mayor colaboración e instituciones que provean protección social. En particular, la acción pública debe privilegiar la educación y los valores de solidaridad, vocación pública y el cuidado de los demás.

No podemos terminar sin antes destacar la importancia de la seguridad ciudadana como factor que acrecienta la confianza y la convivencia. La violencia y el terrorismo desmoralizan, la corrupción y el fraude socavan las bases democráticas. La ética es un valor a cultivar con el ejemplo y se debe sancionar sin contemplación.

La Agenda 2030, convenida por todos los países del mundo, es una hoja de ruta cuyo recorrido mejorará nuestra convivencia nacional y mundial. Soy optimista, siempre y cuando se amplíe la conciencia personal, la organización social y la fuerza política para sostener el giro en la dirección señalada. MSJ