Allende: Preguntas sobre su viabilidad

Publicado el lunes 31, agosto 2020

Revista Mensaje, N° 692, agosto 2020

En 1970 América Latina buscaba afirmar sus procesos democráticos, pero en pocos países estos se habían consolidado. Varios vivían en dictadura y otros habían sufrido golpes militares recientes, como fue el caso de Brasil en 1965. Sin embargo, lo que era común a todos era una enorme pobreza y concentración del ingreso, y la riqueza estaba en manos de grandes empresas, muchas de ellas extranjeras que explotaban los recursos naturales, y de una oligarquía económica interna que poseía la tierra y el control de las finanzas y las manufacturas nacionales.

El gran dilema de las fuerzas políticas y sociales partidarias del cambio era recorrer un camino que lograra más democracia y más igualdad, al mismo tiempo. Chile era uno de los países con una democracia más asentada y un sistema de partidos políticos similar al europeo. En los años treinta y cuarenta se había conformado un Frente Popular, de fuerzas de izquierda, similar al francés de esos años (1936-38), y se había logrado ampliar los derechos civiles y electorales, y favorecer una expansión de la educación pública y de otros servicios sociales.

Pero los resultados eran menguados, y el goce de derechos políticos no se sustentaba en derechos económicos y sociales que permitieran ejercer esos derechos políticos.  Para muchos, tales derechos se quedaban en el papel.  Esta brecha entre progreso democrático y estancamiento social generó crecientes presiones políticas.  Entre grupos de izquierda se desvalorizó la institucionalidad, calificándola de representar a una “democracia burguesa” que favorecía solo a una minoría, aunque otros sostenían que era posible avanzar sin romper las instituciones.

Después de la Segunda Guerra Mundial, y durante dos décadas, en América Latina surgieron movimientos pro-recuperación de los recursos naturales, nacionalizaciones, reforma agraria y políticas redistributivas. La revolución cubana (1959) provocó un gran impacto, pero su posterior evolución hacia formas no democráticas fue crecientemente cuestionada entre los chilenos.

En el contexto de una larga tradición democrática en Chile emergieron dos importantes opciones de cambio: una encabezada por la Democracia Cristiana, liderada por Eduardo Frei, que propuso la llamada “Revolución en Libertad”, y la otra, conformada por los partidos socialista, comunista, radical y otras fuerzas menores, que encabezaba Salvador Allende. Ambas fuerzas competían por modificar el orden establecido y desplazar a las fuerzas políticas conservadoras.

Tras su triunfo en la elección de 1964, Frei hizo un gobierno de cambios importantes, intensificándose el ritmo de estos. Todo lo anterior es fundamental para observar la de 1970, en la que Allende se transformó en Presidente de la República.

ILUSIONES DE UN CAMBIO ACELERADO

Desde una perspectiva histórica, el programa de Allende era una versión más radical que lo que impulsó Frei. En muchos aspectos, ambos apuntaban en la misma dirección, pero la intensidad y procedimientos eran distintos. El de Allende, en la Unidad Popular (UP), podía ser más radical y logró viabilidad porque venía precedido de un gobierno democratacristiano que ya había abierto las compuertas del cambio social. Ambos estaban, así, concatenados.

En un escenario de transformaciones y de crecientes expectativas, la izquierda se había sentido obligada en la campaña presidencial de 1970 a diferenciarse con claridad de la candidatura democratacristiana de Radomiro Tomic, quien a su vez proponía una profundización a lo hecho ya por Eduardo Frei. Dicho de manera sociológica: Salvador Allende y su candidatura capturaron de mejor manera que el candidato democratacristiano, inspirado en una matriz socialcristiana, las ansias de cambio que se habían expandido en la gran mayoría de la sociedad chilena.

Ayuda a triunfar a Allende el hecho de que resultaba más natural proseguir un proceso de transformación en curso y que existía ánimo de acelerarlo mediante una mayor radicalización. Había una atmósfera tal vez engañosa, en cuanto a que se crearon ilusiones de que se podía dar un cambio acelerado, dominado a veces por una concepción voluntarista impulsada por un pensamiento ideológico confrontacional con la DC. Por momentos, esas posturas parecían disociarse de las condiciones existentes en Chile, influenciadas por la lógica bipolar prevaleciente durante la Guerra Fría. El peso del debate ideológico de la disputa global entre capitalismo y socialismo dio alas a posturas excluyentes que bloqueaban las posibilidades de diálogo, por lado y lado.

Sin embargo, se debe reconocer que los avances conseguidos por el gobierno de Frei permitieron profundizar el programa de la Unidad Popular. Muy distinta habría sido la situación de Allende si hubiera derrotado en 1958 a Jorge Alessandri, el candidato de la derecha.

Un ejemplo es la política de reducción de la miseria y la pobreza que se dio a contar de 1970, por la vía de una redistribución masiva de ingresos monetarios junto a cambios en el dominio de la propiedad. Con Frei había habido una aproximación similar, aunque con más énfasis en la promoción y formación de organizaciones comunitarias, en el campo y la ciudad, y con menor expansión del gasto, para evitar el aumento de déficits fiscales, aun cuando se produjo una severa crisis económica con incremento inflacionario al final de su periodo.

Con la “nacionalización” del cobre culminada en julio de 1971 ocurrió un proceso parecido, pues ella fue precedida por la denominada “chilenización” de ese metal impulsada por vía legislativa a contar de 1966. Se trataba de una decisión de política pública que venía madurándose por muchos años en los partidos progresistas, para recuperar los excedentes generados por nuestros recursos naturales.

Con la Reforma Agraria aconteció lo mismo. El término del latifundio, que dejaba en pocas manos la tierra y producía poco para alimentar a los chilenos, ya había sido abordado tímidamente por la derecha con Jorge Alessandri. Hasta la Iglesia entregó tierras, como un testimonio, para hacer entrega a los campesinos. El gobierno de Eduardo Frei le dio una envión considerable. Y en eso las fuerzas estaban confrontadas cuando vino la elección de 1970; la pugna de sectores latifundistas con la DC era intensa. Por ello, en ese frente la derecha fue incluso más cuestionadora de este partido que de la Unidad Popular.

Esta concatenación entre el proceso impulsado por Frei y la aceleración realizada por Allende es muy importante para entender la dinámica política y social posterior. El gobierno de Frei realizó cambios con relativa eficacia y le dio gobernabilidad a su programa, generando confianza en muchos de que se podía continuar avanzando sin disrupción. Entonces hubo una aceleración del tiempo histórico, un proceso de acumulación que abrió paso a una transformación más profunda, alimentada también en una concepción ideológica más radical. Esta consideración podría explicar en parte por qué las medidas y programas de Allende eran viables en su inicio, pero debido a su creciente aceleración se fueron tornando inviables al final.

PERSPECTIVAS SOBRE SU VIABILIDAD

Las condiciones en que Allende asumió el poder permitían pensar que el suyo sería un proyecto viable. Un número creciente de personas, hombres y mujeres, trabajadores y jóvenes pugnaban por adquirir sus derechos políticos, participar en democracia y conseguir mejoría de su situación económica. Nuevos grupos sociales marginales bregaban por cambios sustantivos. Grandes contingentes ciudadanos consideraban inaceptable la enorme pobreza y desigualdad. La organización social, sindical, campesina y urbana, aunque mínima, estaba creciendo. Los partidos políticos de izquierda y el democratacristiano (el más grande entonces) fueron adquiriendo fuerza y una mayoría de los chilenos consideraba necesario y posible construir entonces una sociedad mejor.

En ese marco, el proceso impulsado por el presidente Allende era viable, a pesar de los obstáculos nacionales y extranjeros. Como hemos dicho, los cambios ya estaban en marcha. Además de la Reforma Agraria y la nacionalización pactada de la minería, había comenzado la organización del campesinado y de los pobladores urbanos en las llamadas Juntas de Vecinos.  Todo ello facilitaba el avance propuesto en el programa de Allende.

No obstante, el país estaba dividido en tres sectores políticos: derecha, centro e izquierda, con porcentajes electorales similares.  En tiempos de Guerra Fría, los grupos conservadores chilenos y extranjeros propalaban que el proceso encabezado por Allende desembocaría en una “segunda Cuba”. Cualquier intento de transformación económico-social se enmarcaba en esa lógica, que terminaba antagonizando a todos los procesos políticos de cambio en América Latina. Existía una dura confrontación ideológica que limitaba el diálogo e inhibía el pragmatismo.

Sin duda, había obstáculos mayores, pero con habilidad política el programa de transformación en democracia propuesto por la Unidad Popular (UP) era viable. Si se analizan las llamadas “cuarenta medidas” propuestas por Allende en su campaña, ellas eran en gran medida alcanzables. Había fuerza política y social organizada y una institucionalidad capaz de encauzar soluciones por la vía democrática. Además, al comparar ese programa con el del candidato presidencial democratacristiano Radomiro Tomic, se apreciaba la posibilidad de lograr una amplia convergencia.  Era concebible a priori un entendimiento político entre DC y UP.

El propio Tomic, así como el ala progresista de la DC, hablaba de la unidad del pueblo. Un ejemplo es el acuerdo de ese partido de votar por Allende en el Congreso, que era una señal positiva. En la elección Allende logró la primera mayoría con un 36,6% de los votos; Alessandri, candidato de la derecha, obtuvo el 35,3% y el democratacristiano Tomic un 28,1%. Se acordó entre la DC y la UP un pacto de garantías constitucionales que reafirmaba las libertades fundamentales de expresión, reunión, educación, derechos de los trabajadores y otras contenidas en la Constitución vigente, tras lo cual el Congreso Nacional proclamó al candidato socialista como Presidente de la República.

Hubo diversos factores que, a contar de entonces, contribuyeron a que su programa se tornara inviable. Uno de ellos fueron las acciones de la derecha chilena y del gobierno de Richard Nixon en Estados Unidos, que puso de inmediato en marcha una maquinaria de intervención. También, figura la rápida propagación de iniciativas autónomas de organizaciones sociales que desbordaron al gobierno. Esa dinámica traspasó el marco programático inicial. Se fue perdiendo el control, hubo tomas de predios agrícolas e industrias no contempladas en el programa, y el gobierno no pudo encauzar o contener. Otro factor fue el erróneo manejo económico, el enorme desbalance fiscal que, si bien fue advertido reiteradamente, no hubo capacidad política de frenar. También incidió la división entre las fuerzas sociales y políticas que podían conformar una mayoría nacional por los cambios. Eso dificultó la conducción del proceso. Finalmente, hay que considerar que se subestimó el poder e influencia de los sectores conservadores: su poder trascendía por mucho sus votos o el número de parlamentarios y gravitaba sobre los militares y los medios de comunicación social de propiedad de grupos privados.  A ello se agregaba su ascendiente ideológico sobre capas medias, temerosas de los cambios, especialmente pequeños empresarios.  El temor posibilitaría que ellos confluyeran a crear una oposición amplia.

Mi convicción es que el camino y el programa propuesto de transformación en democracia, eran viables al comenzar. Se tornó progresivamente inviable, debido a procesos múltiples, cuya dinámica se aceleró, perdiéndose control y gobernabilidad de los cambios.

A MODO DE SÍNTESIS FINAL

Cuando primero Eduardo Freí y luego Salvador Allende llegaron al gobierno, lideraban una aspiración acumulada por cambios sustantivos. Gobernar ese proceso exigía administrar expectativas, disponer de programas estudiados y concordados, y contar con apoyo popular organizado para conducir y evitar desbordes. Implicaba doblegar intereses económicos en la industria, la agricultura, la banca, la minería; esta última, en manos de empresas estadounidenses. Y también sólidos intereses políticos, ideológicos, de medios de comunicación social.  Cuando las fuerzas conservadoras logran por largo tiempo no considerar las presiones sociales, se terminan agudizando las contradicciones y se aceleran las dinámicas de crisis. Si el sistema político chileno, y en particular los sectores más conservadores del país hubieran mostrado alguna flexibilidad en los años sesenta y setenta, las cosas no habrían terminado como sabemos. Ocurre siempre que las presiones se descargan y desbordan cuando se han contenido por tiempo largo. Entonces las demandas se acumulan, y cuando se percibe la posibilidad de irrumpir se elevan las expectativas y se tornan incontenibles, y eso ocurrió en parte en el gobierno de Eduardo Frei, y luego con Allende se buscó llegar más lejos. El programa de Allende, que parecía viable en su inicio, se sobrepasó a poco andar. MSJ