De la producción de cobre a la minería del conocimiento

Publicado el martes 7, noviembre 2017

Publicado en El Mercurio 

En los años 90, Chile vivió una década dorada, con proyectos gigantes de calidad excepcional. Entre 1990 y 2004 la producción de cobre creció de 1,2 a 5,3 millones de toneladas, con una inversión cercana a los 40 mil millones de dólares. En la década siguiente alcanzó a 5,8 millones de toneladas, a pesar de una inversión que subió a 47 mil millones de dólares. Para la próxima década se proyecta un modesto incremento productivo, aun cuando se realizarán inversiones superiores a los 50 mil millones. El futuro será distinto.

La política minera de los últimos 30 años, basada en yacimientos gigantes de alta ley, autorregulación en materias ambientales y en una recepción entusiasta-neutral de las comunidades, ya no es viable. Los propósitos pasados ya dieron sus frutos: nacionalización del cobre en los 60 y apertura total a la inversión extranjera a partir de los 80. Ambas han mostrado sus beneficios y límites, y hoy precisamos otra estrategia.

Las dificultades del negocio minero son globales: restricciones ambientales, costo de insumos críticos, baja en las leyes, minerales más complejos y comunidades más exigentes. Y Chile encara problemas adicionales: escasez de agua, disposición de relaves y fuerte presencia de empresas extranjeras que optimizan el corto plazo y aportan escasa capacidad local de innovación.

En suma, la oferta chilena crecerá menos que en el pasado. Sin embargo, habrá una demanda firme de cobre, por la expansión de la generación eléctrica, el reemplazo de los combustibles fósiles por energías renovables y la electromovilidad. Estos cambios vertiginosos nos abren nuevas oportunidades.

¿Cómo pasar de un crecimiento basado en la producción a uno que aproveche el boom del cobre en las nuevas tecnologías?

El camino es una política minera basada en la innovación. El futuro requiere una visión de largo plazo, con énfasis en el conocimiento e innovación, que reconozca que la adaptación pasiva de tecnologías foráneas no es suficiente y que ni el Estado ni el mercado por sí solos pueden responder al nuevo desafío. Chile debe apostar fuerte por insertarse mejor en la nueva etapa de la economía mundial, reconociendo que el aporte del cobre al país va más por ser una gran palanca para el avance tecnológico y diversificación productiva, que por incrementos en las toneladas de concentrado exportado, lo que ya no aparece viable.

Para ello definimos cuatro objetivos para la política minera:

Primero, ser líder ambiental, produciendo cobre verde; es decir, reduciendo la huella de carbono en su producción, recuperando subproductos y estabilizando los residuos peligrosos. Así, seremos preferidos como proveedores limpios.

Segundo, ser líder en costos y productividad, mejorando la gestión y generando innovaciones que resuelvan cuellos de botella relevantes y eleven rendimientos productivos en procesos, logística y transporte, digitalización, robótica.

Tercero, estimular la creación de empresas de calidad mundial que ofrezcan los distintos bienes y servicios requeridos para la producción, en los que se consigan ventajas nuevas que permitan elevar las exportaciones y realizar alianzas con compañías internacionales que provean tecnología avanzada.

Y cuarto, generar un cluster energético integral, con la concurrencia de energía solar, cobre, litio y agua desalinizada. La electromovilidad tendrá un desarrollo explosivo, y Chile tiene la oportunidad de asociarse con proveedores internacionales de bienes y servicios, y no quedar como un mero proveedor de materias primas. Este reto apasionante requerirá de un gran salto en formación de recursos humanos e investigación científico-tecnológica.

Así, Chile podrá transitar hacia una estructura productiva más diversificada y compleja, aprovechando las oportunidades que nacen con el acelerado cambio tecnológico global.